Hacia las entrañas de la Tierra
Septiembre 25, 2012

Empezamos la tercera etapa del viaje despidiendo a Cuyo. Dormimos en la prolija, cuidada y amable ciudad de Malargüe, corazón del ecoturismo mendocino. Entre las varias reservas provinciales que hay en la zona (La Payunia, Laguna de Llancanelo, Castillos de Pincheira, etc.), elegimos visitar la más misteriosa y atrapante: la Caverna de las Brujas, a 75 kilómetros de la ciudad.

Estela es la guía que nos tocó en suerte para explorarla. Lo primero que dice antes de empezar a caminar bajo tierra me genera curiosidad: “Las leyendas son eso: leyendas. Nos son la verdad absoluta, sino que son historias que se fueron transmitiendo de forma oral”. Parece que en otros tiempos, cuando estas tierras eran habitadas por aborígenes, dos mujeres prisioneras de una tribu lograron escapar y encontraron estas cavernas. Aquí se escondían durante el día, y por la noche, salían en busca de alimento. Para resumir la historia, otras aborígenes las descubrieron, pensaron que eran las esposas de los machis (suerte de hechiceros-sacerdotes mapuches) y comenzaron a espiarlas. Semanas más tarde, unos pocos valientes se acercaron a la entrada de las cavernas y vieron a dos mujeres con pelos muy largos y uñas crecidas. En un momento desaparecieron y dos lechuzas gigantes salieron volando encima de ellos. Los valientes salieron corriendo de miedo y contaron a sus vecinos lo que había sucedido. Desde entonces, a este lugar lo llaman Caverna de las Brujas.

La otra anécdota para contar del lugar es más reciente, y absolutamente verídica. Cuenta que hace unos años vino un grupo de monjas. El guía les explicó cómo era el recorrido y les hizo algunas advertencias, entre ellas, que había un paso tan angosto que alguien que estuviera excedido de peso, no pasaría. Todas estuvieron de acuerdo, incluso un par que tenían una dieta generosa en carbohidratos y grasas… Casi como un presagio del Señor, una de las religiosas quedó trabada en ese paso angosto en el corazón de la caverna. Hizo varios intentos y como no podía zafarse, comenzó a desesperarse. En medio de gritos de pánico (y parece que también algunas risas), el guía no tuvo otra alternativa que empujarla fuertemente desde sus partes traseras. Actualmente, ese sitio lleva el nombre de Paso de la Monja.

Más allá de las anécdotas, la experiencia de entrar a las cavernas es sensorial, ya que adentro no hay luz y sólo se avanza con linternas. Tiene un recorrido de algo más de 300 metros de largo. Cuando Estela pide silencio y que se apaguen las luces, los sentidos se disparan en medio de la oscuridad absoluta; lo único que se escuchaba era el sutil ruido de las gotas cuando chocaban contra el suelo. Estalactitas, estalagmitas, formaciones rocosas insólitas y pasadizos no aptos para claustrofóbicos son alguna de las experiencias que vivimos en lo que Julio Verne llamaría “las entrañas de la Tierra”.