Caro y el Hornocal, reyes de la quebrada
Agosto 20, 2012

Paisaje cultural. La denominación que la UNESCO le puso a la quebrada de Humahuaca le cabe a la perfección. Porque este circuito jujeño que sigue a lo largo de casi 200 kilómetros el curso del río Grande ensambla con una armonía única el ambiente natural con las huellas que el hombre ha dejado en él en los últimos 10.000 años.

Junto a Guille y mi esposa Clarisa (testigo privilegiada y protagonista de los primeros cinco días de esta etapa), nos introducimos en la quebrada el sábado por la tarde, después de pasar una mañana nublada en la siempre elegante ciudad de Salta. Pasamos por la deliciosa Purmamarca y paramos para hacer compras en su mercado artesanal. Allí, entre vendedores con rasgos típicamente kollas, apareció un hombre negro, bien negro. Tenía su puesto frente a la plaza, a metros de la capilla del pueblo, y vendía lo mismo que la mayoría allí: mantas, ponchos, aguayos, bolsos y otras cosas, todos con los colores y las lanas locales. Sorprendidos, nos pusimos a charlar con él. Su historia, notable, tendrá su espacio en «Argentina, de punta a punta». Aquí sólo diremos que se llama Said Magulu, es de Tanzania (en el este de África) y está hace cinco años en la Argentina.

Luego recorrimos el paseo de Los Colorados y por la noche llegamos al hotel Huacalera, un viejo edificio de estilo colonial que fue restaurado recientemente y hoy es una de las mejores propuestas de toda la quebrada, con buen servicio y en armonía con el entorno.

El domingo fue un día increíble. Porque decidimos dejar de lado las opciones clásicas humahuaqueñas y salimos al encuentro de lo que está más allá de lo evidente. La primera escala fue el cerro Las Señoritas, detrás del pueblito de Uquía, a unos mil metros de la ruta. Se trata de una formación rocosa de un color rojo furioso, a la que llegamos unos minutos después del amanecer y por la que nos dimos el gusto de trepar cerca de una hora.
Fue un aperitivo para el plato fuerte: la visita a la familia de Clarita y Héctor Lamas, integrantes de la comunidad aborigen Hornaditas, que se encuentra 19 kilómetros al norte de la ciudad de Humahuaca. Los dueños de casa no estaban, pero nos recibieron sus hijas menores, Gabriela (15) y Carolina (7). Los Lamas se abrieron al turismo una década atrás, por casualidad, como fruto de la hospitalidad y las ganas de progresar de Clarita. Pasamos cuatro horas inolvidables con estas chicas, dueñas de una chispa, una frescura y una inteligencia prodigiosas. Comimos una tarta de quinoa hecha por Gaby y, mientras estábamos almorzando, llegaron una mujer italiana (jueza civil de la ciudad de Bologna) y su hijo de 17 años, y los cinco nos subimos a nuestro Jeep para visitar los petroglifos de El Pintado, con una guía excepcional: ¡Carolina! Con sus siete años, la chiquita nos deslumbró. No solamente nos indicó perfectamente el camino, sino que también nos dio explicaciones sobre esta muestra de arte prehispánico (“Sé todo esto porque acompañé muchas veces a mi papá hasta acá”) y retó al que se quiso acercar demasiado a los grabados (“No se puede pisar la piedra”). Después nos llevó a la capilla y al pequeño centro de la comunidad, donde en cada carnaval le dan de comer a la Pachamama. Pero sobre todo, Caro nos encandiló con su ternura y nos hizo ver lo feliz que puede ser una niña en un lugar tan recóndito como este, simplemente contenida por el amor de su familia.

El postre fue lo más espectacular del día en términos de paisajes, lo que es mucho decir en la célebre quebrada jujeña: el Hornocal, 30 kilómetros al noreste de Humahuaca y a casi 4500 metros sobre el nivel del mar. Vean las fotos, yo a esta hora (la una de la mañana) no encuentro palabras para describir semejante locura de la madre tierra.