Danza con Zorros
Julio 5, 2012

El lunes por la noche dormimos en Posadas, en lo de Mercedes Galán (prima de la mujer de Juan), y el martes por la mañana visitamos Santa Ana y Loreto, como contamos en el posteo anterior. Al mediodía seguimos por la Ruta Nacional 12 hacia Corrientes, decididos a visitar el Parque Nacional Mburucuyá, poco conocido y aún menos visitado. Tras pasar por Ituzaingó, nos desviamos hacia el Sur por la RN 118, y antes de un pueblo llamado Santa Rosa tomamos la Ruta Provincial 13, de tierra. Hay que aclarar que el buen clima que nos había acompañado en Misiones quedó rápidamente en el olvido: hacía frío, estaba nublado y había llovido bastante ese mismo día.

El desvío anunciaba 30 kilómetros para llegar al área protegida… Hicimos 20, y fueron terribles: el particular suelo de la zona, mezcla de arena y tierra, se puso áspero hasta el límite y exigió a fondo nuestra capacidad para conducir a un Wrangler que sacó a relucir su legendaria chapa de Jeep. Un par de veces patinamos hasta quedar de costado sobre la banquina, pero pudimos salir con esfuerzo y cabeza. Al final estuvo muy divertido, pero en más de un momento pensamos que íbamos a tener que pasar la noche en medio de esa ruta, por la que obviamente con esas condiciones no pasaba nadie. Comida teníamos, así que mal no la íbamos a pasar.

Finalmente decidimos pasar por el pueblo de Mburucuyá, que tiene alrededor de 8000 habitantes. Ahí nos dijeron que el camino al Parque no estaba tan mal como lo que ya habíamos recorrido, por lo que nos decidimos y encaramos los 22 kilómetros que nos quedaban hasta el área Santa Teresa, el casco histórico de la vieja estancia del botánico danés Troels Myndel Pedersen, quien en 1991 donó las tierras para la creación del Parque, lo que se oficializó 10 años después.

Llegamos y nos recibió Leo Juber, un joven que siguió los pasos de su padre guardaparque y como tal vivió en varios lugares del país, principalmente en el Litoral. Fue nuestra primera noche en carpa del viaje. Éramos los únicos visitantes en el área de acampe, por lo que armamos todo con tranquilidad y, sin luz eléctrica, comenzamos a cocinar unos fideos con salsa de espinaca en un calentador que habíamos llevado, bajo el techo de un pequeño quincho. Al rato sentimos ruidos a nuestro alrededor, y al iluminar con la linterna descubrimos varios ojitos brillosos que nos miraban: eran zorros grises, terriblemente confianzudos, que se acercaron a menos de diez metros del quincho. Llegamos a contar siete, todos curioseando. De hecho uno se acostó a dos o tres metros de la entrada de la carpa, y se quedó allí hasta que nos fuimos a dormir.

Por la mañana, el show lo hicieron varias corzuelas pardas, pequeños venados que suelen ser bastante tímidos. Lejos de ello, aquí se dejaron ver, fotografiar y nos toleraron a apenas una decena de metros. Encima de ellos, sobre los altos árboles del parque de la estancia se movía una familia de monos carayá. Luego hicimos una recorrida por el Parque con Leo, quien seguramente tendrá su mención en el libro
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